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De manera paradójica, tenemos un modelo de desarrollo en el que
contamos con más tecnología y más recursos y al mismo tiempo
mayor desigualdad, condición a la que nos hemos acostumbrado.
Hoy vemos el problema no tanto en términos de pobreza, salario e
ingresos, sino de desigualdad.
Abordar los conceptos de desigualdad y de inequidad implica tener
en cuenta muchos más elementos que generan exclusión de unos e
inclusión de otros (poblaciones, territorios) y que tienen un soporte
cultural en valores individualistas y en la indiferencia frente al otro.
Desde ese enfoque, el modelo asistencialista para enfrentar las
problemáticas sociales aumenta las inequidades.
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El punto de partida para preguntarse por las inequidades y el papel de las
OSC frente a ellas es la pregunta por el otro, por cómo vive el otro. ¿Por
qué permitimos que tanta gente viva en la miseria? Afortunadamente,
cada vez más estos asuntos son parte de las agendas sociales y políticas,
tanto de las organizaciones de la sociedad civil como de los gobiernos y el
sector privado, en gran parte por el trabajo de las OSC y las ONG.
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Alcanzar la igualdad en el reconocimiento de la dignidad y reconocer
al otro como sujeto de derechos son condiciones necesarias para que
haya más equidad, lo cual es una tarea no solo de los gobiernos sino
también de la sociedad civil.
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La creación de capacidades para el disfrute de libertades es un
horizonte para la realización de derechos, lo que supone ir más allá
de las políticas sociales orientadas a los subsidios. Para la generación
de esas capacidades y el logro pleno de los derechos se requieren
procesos formativos de los ciudadanos como sujetos de derechos que
se movilizan para exigirlos a partir de diagnósticos de realidades de
inequidad y propuestas de soluciones que impacten los verdaderos
factores generadores de las inequidades.