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de manera notable a las organizaciones del sector privado y el público.
Las corporaciones se empezaron a considerar instituciones públicas
que debían reportar –ya no sólo a sus accionistas, sino también a la
sociedad en general– cuáles eran sus impactos sociales y ambientales,
de dónde provenían sus fondos y los estándares que utilizaban a lo
largo de su cadena de valor.
Estos cambios de paradigmas tornaron ilegítimas muchas de
las prácticas que eran consideradas aceptables en el pasado,
impactando también la manera en que la sociedad demandaba
información de las OSC. Junto al reconocimiento de que las OSC
éramos un actor socialmente relevante, surgió también una mayor
exigencia social a la hora de explicar quiénes somos, qué hacemos
y cómo lo hacemos.
Una década de trabajo fortaleciendo las prácticas de transparencia de
la sociedad civil nos deja un aprendizaje que es compartido por una
experiencia como Rendir Cuentas. En primer lugar aprendimos que
mejorar nuestras prácticas es un proceso continuo, un horizonte que
se mueve y nos mueve; ser responsables y transparentes es un desafío
constante. Comenzar a trabajar con nuevos actores, como son el Estado
y el sector privado, representa un altísimo potencial, pero también un
altísimo desafío a la hora de cuidar nuestra independencia y nuestro
poder de conexión con los colectivos y valores que defendemos,
por tanto las nuevas metodologías de financiamiento representan
un desafío. Por otro lado, una agenda como la de la transparencia
debe ser trabajada de manera colectiva, lo cual genera un enorme
aprendizaje a nivel sectorial, enriqueciendo a todos los miembros de
la iniciativa. Más aún, es necesario acercar a la mesa de trabajo a los
donantes, actores del sector público y a las comunidades, ya que este
es un proceso que de por sí precisa de todos los eslabones para ser bien
realizado.
“Aprendimos
que mejorar
nuestras
prácticas es
un proceso
continuo, un
horizonte que
se mueve y
nos mueve; ser
responsables y
transparentes
es un desafío
constante”